DÍA 1: Cree que Dios puede hacer lo imposible
Para Dios no hay nada imposible.
Devocional
Querida hermana:
La infertilidad puede hacerte sentir como si estuvieras ante un muro que se niega a moverse, sin importar cuánto ores, esperes o lo intentes. Cada mes puede ser un nuevo recordatorio de lo que aún no ha sucedido y, con cada decepción, la palabra imposible parece resonar con más fuerza en tu mente. En esos momentos, la fe se siente frágil y la duda comienza a infiltrarse.
Sin embargo, las Escrituras proclaman una verdad que no se doblega ante nuestras circunstancias: «Para Dios no hay nada imposible». Esta no es solo una frase esperanzadora, sino el fundamento mismo de quien Él es. El Dios que dio vida al vientre estéril de Sara, que le dio a Ana el hijo que tanto anhelaba y que hizo que Elisabet concibiera en su vejez es el mismo Dios que hoy sostiene tu vida en sus manos. Su poder no ha disminuido y su amor por ti no ha cambiado.
La fe no niega la dificultad de tu camino. Tampoco finge que el dolor es menos real. En cambio, decide creer que el poder de Dios es mayor que el obstáculo que tienes delante. Mira lo que parece imposible y dice: «Mi Dios es capaz». Aunque el resultado no llegue de la manera ni en el momento que esperas, puedes descansar en la certeza de que Él es un Dios que hace milagros, te ve, te ama y siempre obra para tu bien.
Oración
Señor:
Creo que eres el Dios que hace posible lo imposible. Ves el muro de mi vida que parece imposible de mover y conoces el dolor de mi corazón. Fortalece mi fe cuando surjan las dudas y recuérdame que ningún obstáculo es mayor que tu poder. Ayúdame a descansar en tu amor y a depositar toda mi esperanza en ti.
En el nombre de Jesús, amén.
DÍA 2: Clama como Ana
Y Ana, llorando y con el alma llena de amargura, se puso a orar al Señor.
Devocional
Pocos pasajes de las Escrituras captan el dolor descarnado de la infertilidad como la historia de Ana. Ella llevaba el profundo dolor de un vientre vacío, y su tristeza se desbordó en una oración que no podía ordenar ni embellecer. La Biblia nos dice que tenía «el alma llena de amargura» y que lloró ante el Señor con todo el dolor que cabía en su corazón. No escondió su tristeza ni trató de aparentar fortaleza. Por el contrario, derramó su alma con sinceridad ante el Único capaz de sostenerla.
Dios no apartó la mirada de las lágrimas de Ana. Salió a su encuentro en medio del llanto. Y hace lo mismo contigo. Tus lágrimas no son una señal de una fe débil, sino una expresión de tu confianza más profunda. Cuando clamas a Dios, llevas la plenitud de tu corazón a su presencia, y Él la recibe. No se cansa de tus oraciones ni se incomoda por tus preguntas. Él atesora cada palabra, cada suspiro y cada clamor silencioso.
A veces pensamos que la oración debe estar perfectamente elaborada, pero la historia de Ana nos recuerda que Dios se complace en nuestra sinceridad. A menudo, es en esos momentos en que no filtramos lo que sentimos cuando percibimos más cerca su consuelo. Al igual que Ana, puedes llevar tu angustia ante el Señor con la certeza de que Él comprende la profundidad de tu anhelo y es fiel para escuchar.
Oración
Padre:
Como Ana, acudo a ti con el corazón al descubierto. Ves el dolor que nadie más ve y escuchas los clamores que nunca llegan a salir de mis labios. Por favor, recibe mis lágrimas como una oración y abrázame cuando el peso parezca demasiado grande. Enséñame a confiar en que me escuchas, aun cuando la respuesta todavía no haya llegado.
En el nombre de Jesús, amén.
DÍA 3: Confía en las promesas de Dios
Pues en él se cumplen todas las promesas de Dios. Por esto, cuando alabamos a Dios, decimos «Amén» por medio de Cristo Jesús.
Devocional
En los momentos silenciosos de la espera, quizá sientas la tentación de preguntarte si las promesas de Dios aún se aplican a ti. Cuando las oraciones parecen no recibir respuesta y el tiempo parece un enemigo, la duda susurra que tal vez Dios te ha olvidado. Sin embargo, su Palabra declara algo poderoso: cada promesa que Él ha hecho encuentra su cumplimiento en Cristo. Eso significa que sus promesas no son frágiles ni inciertas; son inconmovibles y están selladas por su fidelidad.
Dios promete nunca dejarte ni abandonarte. Promete una paz que supera todo entendimiento, fortaleza para quien está cansado y una esperanza que no defrauda. Esas promesas no dependen de las circunstancias ni de los informes médicos. Se fundamentan en su carácter, que nunca cambia. Confiar en sus promesas no significa ignorar tu dolor, sino decidir anclar tu corazón en su Palabra, aun cuando la vida parezca inestable.
Cuando te recuerdas a ti misma lo que Dios ha dicho, le recuerdas a tu alma que Él sigue teniendo el control. Sus promesas te mantienen firme cuando las emociones se intensifican y las circunstancias cambian. El Dios que creó todo con su palabra es el mismo que proclama la verdad sobre tu vida. Incluso ahora, sus promesas siguen siendo «sí» y «amén» para ti.
Oración
Señor:
Gracias porque tus promesas son verdaderas e inmutables. Cuando la duda llene mi corazón, recuérdame la verdad de tu Palabra. Enséñame a aferrarme a tus promesas y a confiar en tu fidelidad. Que tu Palabra sea mi ancla cuando me sienta inestable y que mi esperanza descanse en quien eres.
En el nombre de Jesús, amén.
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